Aquella noche sentí que la temperatura de mi cerebro había subido lo suficiente como para pegar un estallido en cualquier momento. Atrás habían quedado los tiempos de irreflexión y libertinaje, pero no había tiempo para desfallecer, tenía que sobreponerme a cualquier precio para rendir lo previsto y llevar a cabo lo convenido.
Los conceptos: amistad, amor, lealtad y sacrificio se desvanecían como la ceniza de un cigarrillo, mientras que los demonios del pasado bailoteaban al son de los acordes sagrados del tiempo.
Había llegado el momento de actuar, el día era perfecto, apenas corría el viento y la temperatura no sobrepasaba los 17° c. Miré por la ventana, la calle estaba desierta, apenas algún automóvil destrozado y una anciana inyectándose heroína completaban aquel indescriptible paisaje.
El viejo silencio reventaba mis oídos de felicidad produciéndome una sensación de placer que me cogía todo el sistema nervioso. Se acercaba el momento de la verdad verdadera, el momento esperado desde hacía tantas y tantas lunas.
En unos segundos pasaron por mi mente extraños objetos como pezones de mercurio, vulvas de humo, rectos vomitando heces de cristal y un sinfin de sonidos guturales pidiendo justicia natural.
Ante mis ojos, aparecieron impresionantes espíritus de personajes dispares como Teresa de Jesús, Lucas Jordán, Antonio Machado, Jorge Isaac y yo mismo entre otros.
Una nebulosa de letras y números recorrían los caminos de mi libro sagrado.
No recuerdo si desperté, no entiendo porqué soñé, pero sí sé que estuve allí.
A. Verdugo – 2.005